sábado, 12 de junio de 2021

Tranvía a la Malvarrosa


Tranvía a la Malvarrosa (Alfaguara, Madrid, sexta edición, 1995), de Manuel Vicent; novela digerible que habla desde un lenguaje directo, sin ambages, con tonalidad intertextual en donde el cine junto con el sonido del bolero -a través de letras de canciones- se fusionan e interactúan con un lector ansioso por conocer el siguiente capítulo estructurado en pequeños sorbos, que desentrañan los conservadores años 50 no exentos de focos de rebelión, especialmente, en la juventud ávida de expandirse en los horizontes de la vida. El protagonista -Manuel, devorador de Camus- transita de la adolescencia a la plenitud de los años, lo cual implica descubrir y redescubrir amores, dolores, tensiones, pasiones de la humanidad. En esa ruta él se encamina ya con inquietudes femeninas y universitarias, en medio de un omnipresente régimen dictatorial, cuya imagen franquista aparece hasta en los pasteles. Así también, atestiguando ritos de la cultura popular. Valencia es el escenario -descrito en más de una ocasión junto con otros lares vecinos- en donde irá dejando su inicial apego religioso (influjo de su familia creyente), para adentrarse en los saberes del conocimiento y la jurisprudencia y, desde luego, fisgonear en los márgenes de una sociedad aparentemente pacata, acorde a su aspiración de convertirse en escritor. Como asevera Manuel: "Todos los placeres pertenecían a los sentidos y parecían eternos. Todos los terrores derivaban del pensamiento y eran efímeros".

Manuel Vicent burla -en el sentido metafórico- el modernismo para navegar por las aguas nada mansas del posmodernismo. Y lo hace con maestría. Utilizando el tono irónico para develar el conservadurismo social y desnudar los placeres tangibles del hombre. No le interesa alcanzar la eternidad divina, sino sumergirse en la profundidad mundana, para lo cual interpreta aquella realidad vista desde la autoficción. Habla de la transición democrática, de las preocupaciones políticas, de los amores fugaces y de los verdaderos, de las amistades iniciales, de la imposición familiar..., todo un cóctel retórico que no se desentiende de las identidades que se forjan en la geografía descrita casi como otro personaje añadido a aquellos seres que surgen desde la penumbra y el amanecer cotidiano.

 


miércoles, 3 de febrero de 2021

Las canalladas de un hombre duro con la hoja en blanco

 No hay mejor manera de constatar que la literatura redime, cuando la misma aflora de los recovecos grises, en donde la realidad -que atraviesa la propia invención- es un cúmulo de practicidad, dureza y resistencia. Cada huella trazada en el sendero es una pista para el rompecabezas creativo. Entonces ¿qué sucede cuando el escritor describe con su texto catártico la abyección humana? ¿Cuál es el impacto de la germinación artística que bebe -literalmente- de la niebla de la noche? ¿Qué motiva en el creador transmutar al papel su lacerante pesadilla en una conjunción ficcional y pragmática en donde lo que interesa es el fruto narrativo o lírico? Pues una sensación demoledora en el lector/a. Una especie de ataque epiléptico en ayunas. Un golpe bajo cuyo efecto nos deja sin respiración. Un alarido en la madrugada insomne. Una bofetada en el alma. La interiorización del individuo en pos del destello de luz existencial.

EL PRÍNCIPE DE LOS CANALLAS (Editorial Mar Abierto, ULEAM, Manta, 2014), de Pedro Gil, es un libro que contiene historias confesionales. Es la respuesta siniestra y contundente ante la desidia por reconocer que en la calle desolada se cuelan la miseria, la desdicha y orfandad. El talante observador de Pedro se aleja del artificio y se acerca a la maldición de la palabra retocada con cincel y marcado humor ácido: “Ya sé, la sociedad está enferma. El amor está enfermo, mi voluntad está enferma, pero no vengan a decirme que la esperanza está enferma que ahí sí me meto un tiro”. Relatos de economía narrativa en donde desnuda la condición social. Trazos vívidos y temidos de burdeles, cantinas, amaneceres fatales, golfas, traidores y traiciones, centros de rehabilitación, amores a la deriva, locos, delincuentes, asesinos y rufianes. Nada más y nada menos que la vida en toda su extensión como boca de lobo hambriento: “Lo único viviente era la demencia de mi barrio, habituado al temor, a la hermosura que se prostituye, a los débiles que se fortalecen en la violencia, su única defensa. La compasión es inútil, asunto de los que viven por las afueras”. Ante lo cual, no hay oportunidad para el sofisma moralista o el recato en el manejo idiomático tal como recomienda la academia. La pluma de Pedro tiene el espaldarazo de otras plumas vitales y sangrantes para el intelecto y la composición metatextual: Jean Genet, Ernest Hemingway, Graham Greene, Edgar Allan Poe, y también el acompañamiento cinematográfico de actores como Marlon Brando, Robert De Niro, Charles Bronson.

 Complementariamente, consta Crónico (2012), un conjunto de poemas elaborados en una clínica psiquiátrica, con la sombra de los “angelitos medicados” y la ternura de la “guerrera”. Etapa de desintoxicación corporal a la par del torrente de versos crudos y crueles: “Solo un hombre duro puede reposar en una tumba de niño” o “el vicio no fue entrar/ fue salir de la vida práctica”. Nuevamente, se constata la vigilia fantasmal de otros creadores: Vallejo, Paz, Panero, Dávila Andrade, Nieto Cadena, Itúrburu: “Lo real es un espanto/ lo imaginario también”.

 En los ESCRITORES DELINCUENTES (Alfaguara, Madrid, 2011), José Ovejero afirma: “Un buen escritor es aquel que tiene una mirada original sobre el mundo y sabe contarnos lo que ve”. Pedro cumple esto a cabalidad, consciente, además, de que la literatura salva. Y, que en esa apuesta antepone todo su fuego en el asador.  

Sorbo de nostalgia

Las tazas

desandan

el aroma del tiempo,

redescubren

la memoria de otras latitudes,

delatan las calles transitadas

las cúpulas

en la amplitud de la historia;

ciudades desconocidas

de piedra

de viento

de equinoccio

de infancia

de verdor

de lejanía.

 

Las tazas

acumulan

aguas del mundo,

el hombre

sorbe el último

aliento de mar.

 

Morada ajena

cuyo faro

anuncia el horizonte.

 

Las tazas

aguardan

en mi estante

los colores

del errante,

la melodía

de otros lares

como nostalgia pura.  


De Tránsito y fulgor del barro, Aníbal Fernando Bonilla, El Ángel Editor, Quito, 2018.


Lectura poética

 


lunes, 9 de diciembre de 2019

Desde los basurales también se gesta literatura


La rabia tras el ocaso, la extenuada jornada por el pan en la mesa, el ambiente efímero en el metro, la indiferencia habitante en la metrópoli que se “encoge de hombros”, el paisaje que rememora el sol en la niñez, la melancolía del beso real en la expectación adolescente, la promesa rota por la desidia y la carencia familiar, la orfandad ante el desarraigo, conforman elementos temáticos en “Bariloche” (Alfaguara, España, 2015), de Andrés Neuman.

Novela corta cuyo protagonista -Demetrio Rota- recoge la basura de Buenos Aires en las noches. Si bien, es una labor práctica poco deseada, pudiera entenderse como un estallido metafórico que corre el velo de la inmundicia de una sociedad apática en oleada desechable.

Demetrio colecciona puzles con escenas del campo, en una introspección al pasado en donde el lago Nahuel Huapi figura como fondo central. Igualmente, cabe una interpretación relacionada con el rompecabezas que vamos ajustando y desajustando en el anchuroso teatro que deviene de la vida.

“Bariloche” desde la elipsis es latente presente de un hombre frustrado ante el sistema, fatigado por un trabajo que desgasta energías en su tránsito habitual por 9 de Julio, Independencia o Corrientes y, que se encoge en su soledad en Chacarita. También es recuerdo, con aroma a arrayán y a inocencia. “El tiempo cambia con los tiempos”.

Demetrio labora junto con su compañero el Negro, entre desperdicios y olores nauseabundos, con quien comparte cínicamente el placer de su mujer Verónica. Su círculo se reduce a pocos amigos y descanso matinal.

“Bariloche” -finalista del Premio Herralde de Novela 1999-; texto esencial para entender en la intemperie la abyección que circula como ceniza contemporánea. Demetrio renuncia a la llaga en que se mueve  apesadumbrado y adopta la decisión fatal, ante lo cual confirma entre el desaliento, que, desde los basurales también se gesta literatura.


domingo, 13 de octubre de 2019

El verso en plena intemperie



A LA INTEMPERIE (Ediciones Holguín, 2011), titula uno de los poemarios de Yanier Hechavarría Palao. Manuscrito parido en la noche, con la musicalidad de los sucesos cotidianos en plena desnudez de los días. Aquella gran orquesta de la vida gravita entre el sol y plazas lejanas. Yanier refiere “detalles comunes” con la tinta de sus ojos, de los cuales vierte abundante humedad. Versifica desde una geografía que se desploma -según su apreciación creadora- y, que, sin embargo, seduce por su epidermis de trópico y su gente digna y luchadora. Desde la metáfora, describe en la intemperie las vicisitudes de una patria impura, cuyo mar enternece y en donde la salinidad es elemento constante. El recuerdo maternal emerge como fuerte rastro afectivo. Mi abrazo a Yanier por la dicha del poema de extenso aliento y por la amistad creciente.