miércoles, 28 de julio de 2010

RESISTENCIA INDÍGENA


La dinámica reciente del movimiento indígena se ha visto nuevamente centrada en la praxis de la resistencia y agitación de las comunidades nativas. Esto, en el marco de serios cuestionamientos a cuerpos jurídicos tendientes a regular temas de trascendencia en la convivencia comunitaria como la minería y el agua.

Ante ello, exento de una interpretación estrictamente legal, que corresponde esgrimir a los entendidos en tal materia, considero pertinente reflexionar en torno a la realidad de los pueblos y nacionalidades indígenas del Ecuador. Cierto es, que determinados dirigentes de las agrupaciones indígenas han devenido a ratos en una retórica etnocentrista que los aleja de la adhesión del resto de la mayoría de la población ecuatoriana. Esta percepción de la dirigencia impide la construcción de un proyecto serio de unidad nacional. Incluso ese liderazgo indio ha tenido más de un reparo de sus propios congéneres. Ariruma Kowii, intelectual kichwa, asevera que “para recuperar la fortaleza del Movimiento Indígena del Ecuador, es importante reconocer los errores que hemos cometido, el no reconocerlos o el slogan de que casa adentro se deben arreglar las cosas, no nos ha ayudado mucho y más bien dicha práctica se ha constituido en el principal instrumento de los intereses individuales y de grupo, que tienen secuestrado la membresía y la conducción del movimiento” (La Verdad, 23-diciembre-2004, pág.07). Intereses que, por citar un par de ejemplos, se han manifestado en el plano electoral y en el acceso a espacios burocráticos de poder.

Sin embargo, desde el equilibrio analítico debemos regresar la mirada al campo y observar su lacerante situación cotidiana. Precisamente, porque el Estado no ha brindado las garantías necesarias para un desarrollo integral de la población distante de la vorágine urbana. No es ninguna novedad señalar que los últimos gobiernos de turno han incumplido con la tarea de reducir la pobreza, concentrada -a simple vista- en la ruralidad; dicho en otras palabras, las condiciones de vida de la gente son deplorables. Según datos proporcionados por el SIISE, al corte de fines del 2009, la sociedad indígena alcanza el 68.4%, del total de la pobreza nacional (36%).

El sector rural sobrevive con pocas opciones que estimulen ingresos económicos, productividad y progreso. Las políticas públicas se vuelven inmediatistas y clientelares. Basta rememorar regímenes populistas que ha propósito de programas oficiales escondieron tras de sí, ingentes redes de corrupción. O gobiernos propulsores del capitalismo salvaje que favorecieron a los grandes propietarios de la tierra y limitaron el ascenso del pequeño y mediano agricultor.

Áreas consideradas prioritarias para el crecimiento humano como educación, salud, vialidad, servicios básicos, fueron en las últimas décadas cimentándose con lentitud extrema. Tal hecho provocó la incontrolable ola migratoria del campo a la ciudad; fenómeno de tremendo impacto social, característico del enfoque globalizador.
Como dato confirmatorio vale recabar las proyecciones de población efectuadas por CEPAR en nuestro país para el año 2010; las cuales de un total de 14’899.000 habitantes, se superpone la estimación urbana (10’250.000), a la rural (4’649.000).

La protesta indígena tiene que ser observada desde la integralidad de la propia cuestión indígena. Diría desde su propia cosmovisión. Más allá de la coyuntural aprobación de cuerpos normativos, debemos reconocer que el Estado ecuatoriano es plurinacional, por precepto constitucional y, porque así irradia su histórica diversidad étnico-cultural. Pero, además hay que insistir en la importancia de la práctica intercultural, desde el respeto y la aceptación al otro. Eso incluye prácticas ancestrales y el derecho consuetudinario; aspectos que serán motivo de otro ejercicio de opinión en esta columna.

Artículo publicado en diario El Telégrafo, pág. 08, junio 02 del 2010

RAYMUNDO MORA Y SU VERDAD ARTÍSTICA


La sensibilidad humana permite acercarnos al embrujo artístico y a las complejidades de la estética creadora, posibilita redescubrir dimensiones insospechadas de sentimientos ocultos, genera elementos determinantes que superan la noción de la realidad. Para Ernesto Sábato “El arte es la manera de ver el mundo de una sensibilidad intensa y curiosa, manera que es propia de cada uno de sus creadores, e intransferible”.

Franklin Raymundo Mora Mediavilla (Otavalo, 1949), es el pintor cautivado de la bondad terrígena, del ambiente solariego, de los callejones empedrados de recuerdos, del reflejo que brota del hombre común, de la inocencia de las personas que deambulan junto con la humildad y, a ratos, con la indigencia.

Mora bosqueja en el lienzo, figuras de raíz tradicional, de carga costumbrista, de procedencia popular, de sello urbano; relacionados con nuestra mágica realidad latinoamericana. Ha utilizado en cada etapa productiva: el lápiz, carbón, acuarela, óleo y la témpera. Para él, pintar “es el oficio de vivir”. Por ello, vive cada instante con regocijo y entusiasmo, la incesante indagación de personajes desconocidos y criaturas noctámbulas; plasmados en cuadros que se asemejan a fotografías extraídas de álbumes añejos. Es impresionante la autenticidad de sus dibujos. Mora se interioriza en el arte como un ritual que, no obstante, ratifica el realismo de su entorno. Cabe aquí, nuevamente, el criterio de Sábato: “No se hace arte, ni se lo siente, con la cabeza sino con el cuerpo entero; con los sentimientos, los pavores, las angustias y hasta los sudores”. Es decir, con los miedos escondidos y audacias prolongadas, con los temores solitarios e incongruencias fugaces.

Raymundo Mora; docente de enseñanza media y superior, retratista, caricaturista y, esencialmente artista plástico, considera que su obra es una “posibilidad de síntesis, de equilibrio, que descubre paisajes subjetivos”. Reticente a las nuevas tecnologías que se juntan con el arte, es partidario de la pintura arraigada al caballete, tal como le inculcaron en el Instituto de Artes Plásticas “Daniel Reyes” de San Antonio de Ibarra. Su afán de mejoramiento profesional le acercó a México -y a la corriente de los muralistas-, al cursar estudios en la Universidad Nacional Autónoma (UNAM). En dicho país, fueron acogidas sus caricaturas en el diario Excelsior. Ganador de varios premios (Primer Premio Nacional de Periodismo Gráfico “Jorge Mantilla Ortega”, Diario El Comercio, 1998), también ha recibido otras distinciones en el territorio nacional. Más de 30 exposiciones individuales y 20 muestras colectivas, dentro y fuera del Ecuador, delatan la relevancia de su trabajo creativo. El universo pictórico de Mora se expande entre la configuración de rostros anónimos envejecidos en el tiempo, bandas populares, huarmis orgullosas de su procedencia kichwa, personalidades extraídas de los libros de historia, duendes juguetones provenientes de relatos fantásticos contados por nuestros mayores, y, paisajes andinos.

Con tono filosófico cree que “hemos llegado a un momento de la historia del arte en el que hay que empezar a construir lo destruido, ha recomponer y a revisar conceptos”.

Raymundo Mora supera los 40 años de incansable actividad con el pincel y la paleta, lapso en el cual ha ratificado su pasión por el arte y, el intrínseco amor por su tierra natal: Otavalo.


Artículo publicado en Diario El Telégrafo, pág. 08, mayo 19 del 2010

SINDICALISMO OTAVALEÑO

Para referirnos a la organicidad del movimiento obrero otavaleño, hay que aludir obligatoriamente los orígenes de la Sociedad Artística, cuyo año de fundación data de 1909. Su aparecimiento institucional, como describe Álvaro San Félix “…fue calificado de relevante en la ciudad, en donde por primera vez el artesanado y el obrerismo locales se unían con fines de protección, educación y progreso”. La mayoría de socios-fundadores eran artesanos. Por ello, el nombre de la entidad. Desde luego, no se trató de concebir un cuerpo sindical como tal, pero sí, de aglutinar a un conglomerado humano con similares anhelos y preocupaciones, respecto del devenir social; en búsqueda de la justicia y la igualdad. En lo posterior, incluso, su propio local fue testigo de la consolidación del obrerismo citadino, ya que sus directivos facilitaban el espacio físico para que gremios nacientes de trabajadores se reúnan en sendas asambleas.

A más de la Sociedad Artística, se destacó la presencia de dinámicos sindicatos textiles de las fábricas San Pedro y La Joya. Estos fueron verdaderos centros de agitación y militancia, cuya finalidad fue exigir un mejor trato patronal. Para el efecto, se adoptaron medidas extremas como el uso del derecho a huelga y la toma de las inmediaciones fabriles, tal como lo detalló el diario de orientación socialista La Tierra, el 21 y 24 de octubre de 1934. En este periódico de tinte combativo se reflejaba “…el incumplimiento patronal de las leyes que protegen a la clase trabajadora… haciendo hincapié sobre los objetivos de los huelguistas y el derecho que tenían para exigir sus reclamos que no son otra cosa que mejores salarios, mejor trato, menos horas de trabajo…”. Eran tiempos en donde emergía por primera ocasión el fantasma político de José María Velasco Ibarra en la Presidencia de la República.

Es preciso sostener que en Otavalo entre 1924 y 1930 hubo una activa participación de la Liga de Cultura “José Vasconcelos”. Sus integrantes, la mayor parte, intelectuales de izquierda, directa o indirectamente mantuvieron relaciones fraternas con gremios de ascendencia popular y clasista. Esta situación propició el ambiente óptimo para la capacitación y pedagogía sindical.

En marzo de 1935 apareció el sindicato de zapateros “1º de mayo”, cuyo órgano de difusión se denominó Defensa Obrera. En la función de secretario general se desempeñaron, entre otros: Humberto Dávila, Manuel Guerra, Augusto Dávila F. En tanto, en 1947 emergió el Sindicato de Peluqueros.

En las décadas del 40 y 50 dichos sindicatos fueron auténticos fortines de discusión ideológica y praxis revolucionaria. En su seno acogieron las ideas progresistas de la época, en medio de intensos debates, la formación doctrinaria, el asesoramiento de dirigentes nacionales y pensadores socialistas y, la influencia de corrientes y hechos históricos que concitaron la atención en nuestro país y el orbe.

Era tal la incidencia sindical en Otavalo, que sus dirigentes y activistas apoyaron el surgimiento de estamentos similares en cantones vecinos como Antonio Ante, en la poderosa fábrica Imbabura (Industrial Algodonera). Coadyuvaron en ese propósito: Luis Enrique Cisneros, Alberto Suárez Dávila y César Vásquez Fuller.

Así lo refiere Rodrigo Villegas Domínguez: “Estos distinguidos otavaleños se trasladaron a la población de Atuntaqui y luego de sendas peroratas, lograron que más de doscientos trabajadores se agruparan en el primer Sindicato de Trabajadores de la Fábrica Textil ‘Imbabura’” (Historia de la Provincia de Imbabura, Centro de Ediciones Culturales de Imbabura, Ibarra, 1988).

Transcurrido el tiempo la organización sindical otavaleña desarrolló su incidencia en varias factorías y en la institucionalidad pública (hospital, municipio,…) a la vez que -a partir de los 90- fue contagiándose del debilitamiento, desmovilización y crisis de la estructura organizativa obrera expresada en el escenario nacional e internacional.

Artículo publicado en diario El Telégrafo, pág.08, mayo 09 del 2010

Liga “José Vasconcelos”

Entre las décadas de los 20 y 30 del siglo XX en Otavalo, surgió la denominada Liga de Cultura “José Vasconcelos”. Esta agrupación propendió a la realización de conferencias, talleres, publicaciones, recitales artísticos, representaciones dramáticas, asistencia social.

La Liga mantuvo una intensa actividad periodística y literaria con la impresión del periódico “Adelante” y de la revista “Imbabura”. Como antecedente a su conformación vale señalar que sus integrantes promovieron el medio informativo “Germen” (1923). Es a fines de 1924 que aparecen públicamente con el beneplácito de la ciudadanía otavaleña. Tuvieron una previa planificación que es detallada por José Ignacio Narváez, activista de la Liga: “El plan formulado comprendía la presentación de conferencias para ilustrar al pueblo y mantener vivo su interés por las causas de la Patria y de la Humanidad, el sostenimiento de publicaciones donde exponer un ideario y combatir taras sociales y políticas y bregar por la incorporación de las mayorías indígenas a la cultura”.

Los integrantes de esta entidad fueron: Aurelio Ubidia, Víctor Alejandro Jaramillo, José I. Narváez, Miguel Valdospinos, Víctor Gabriel y Enrique Garcés Cabrera, Francisco Humberto Moncayo, Luis Enrique Cisneros, Luis A. León, Guillermo Garzón Ubidia, Luis Gómez Bravo, Luis Enrique Álvarez, Carlos J. Almeida, Rafael Alberto Balseca, Alfonso E. Rodríguez, Carlos Chávez, y, como guía principal: Fernando Chaves Reyes, ese destacado intelectual, educador, político y diplomático que brilló con luz propia dentro y fuera del país.

En términos generales, es interesante destacar que este grupo de trabajadores de las letras y promotores del quehacer cultural, trascendieron en los diversos campos de la creación y el conocimiento científico: la sociología, política, historia, arqueología, literatura, filosofía, pedagogía, música…, ellos fueron descollantes figuras en Imbabura y el Ecuador, en el contexto de la problemática indigenista y de la defensa del laicismo, especialmente en la tarea educativa. Ocuparon significativos cargos en el servicio público y, a través de sus escritos esbozaron tesis de denuncia social y planteamientos de interés académico.

La mayoría de los “Vasconcelos” fueron adeptos a la corriente socialista, que en aquella época irrumpía con fuerza a nivel nacional, continental y mundial. Por ello, no es casual que en “Adelante” se insertara el programa de principios del Partido Socialista Ecuatoriano (PSE), en el año de su fundación: 1926. El estamento llevó como lema “Por la Igualdad y la Cultura”. La influencia de la Liga fue determinante, pese a su trajinar intermitente, en vista de la formación universitaria en la Capital, y de responsabilidades profesionales de sus agremiados. El movimiento cultural que se levantó en aquella época sobrepasó los linderos cantonales y provinciales. Siempre de la mano de Chaves, en ese entonces, conocido por sus novelas “La Embrujada” y “Plata y Bronce”, por su preocupación pedagógica, y su ímpetu en el ambiente ideológico de izquierda.

La Liga tuvo como denominador común el pensamiento vasconceliano. Es decir, comulgó con los principios de equilibrio y justedad en las relaciones interétnicas. El influjo de José Vasconcelos en este grupo de otavaleños fue notable, más aún, en la reivindicación de la convivencia indígena, sometida por siglos a la explotación y al aislamiento racial. El filósofo mexicano planteó la posibilidad del mejoramiento de la condición de vida de los pueblos indios a través de procesos educativos in situ. Y, de la visibilización de sus características culturales. Estos preceptos calaron hondo en los “Vasconcelos”, tomando en cuenta que en Otavalo se cimentaron desde tiempos remotos considerables grupos indígenas.

El preclaro autor de la “raza cósmica” visitó Otavalo en junio de 1930. Los gestores de la Liga se reagruparon para recibirle a su patrono. Fue un momento histórico de reencuentro y de camaradería. Luego de la estancia de Vasconcelos en suelo otavaleño, la entidad que llevó su nombre se escindió dejando una próspera semilla, en lo que respecta al ámbito educativo-cultural, en el norte ecuatoriano.

Artículo publicado en diario El Telégrafo, pág.08, mayo 03 del 2010

viernes, 30 de abril de 2010

OTAVALO: PUEBLO QUE VIVE DE PIE



Otavalo tiene como fisonomía geográfica la belleza expresada en lagunas, montes tutelares, cascadas y otros accidentes propios de la naturaleza andina. Igualmente, en esta ciudad de la región septentrional del Ecuador, confluyen grupos derivados de la indianidad y el mestizaje. No cabe duda, que, Otavalo tiene proyección nacional e internacional, por su emblemática paisajística y por el talento y laboriosidad de su gente.

La sociedad otavaleña convive en un marcado proceso de sincretismo étnico-cultural. Por un lado, los mestizos en constante construcción de su yo individual y colectivo, con la heredad de los diversos estadios historiográficos (pre-hispánico e hispánico), que confluyen en la inacabada problemática nacional del mestizaje.

Por, otro, los indígenas, conscientes de su pasado (pre-incásico, incásico, colonial), predispuestos a trazar los designios del porvenir en medio del sostenimiento de sus valores y la influencia de elementos extranjerizantes inevitables en tiempos de modernidad, y, motivados a visibilizar la lacerante explotación registrada en las páginas del pretérito (obrajes, mitas, encomiendas), la misma que fue marcando una evidente resistencia racial. Al respecto, Gonzalo Rubio Orbe señala: “Pese a todos estos factores (muchos de ellos mantenidos desde la Colonia) y a una serie de fuerzas y elementos negativos, de destrucción de lo indio, de su cultura y valores, el aborigen otavaleño ha sobrevivido, y lo ha hecho de pie y con formas verticales de lucha, de conquista de sus derechos…”.

Efectivamente, no es desconocido para nadie que “lo indio” ha tenido diversas maneras de interpretación en el escenario nacional. Y, en Otavalo, tal denominación ha ido paulatinamente generando lecturas disímiles que, de alguna manera, han confluido en una relación interétnica si no armónica en su totalidad, al menos, superable, mermando en los recientes años, la carga racista local. Es curioso palpar en el hecho cotidiano que este tema no forma parte sustancial en la discusión de la agenda pública, quizás por rezagos mentales históricos, sin embargo, mestizos e indígenas sobrellevan en la praxis una interdependencia que supera el contexto social, ya que aspectos productivos, comerciales, financieros, políticos, religiosos, deportivos, artísticos, etc., obligan a sostener tal interrelación. Ciertamente, hay temores de lado y lado ha aceptar a la otredad. Por desconocimiento. Por intolerancia.

Aunque no se quiera decir, en Otavalo existe un racismo solapado y de doble vía. Ventajosamente, las nuevas generaciones asumen esta realidad desde otra óptica, con otros patrones actitudinales. Ciertos jóvenes kichwa-Otavalos, por ejemplo, por efecto de la emigración, al retornar del extranjero a su ciudad natal mantienen adecuados flujos comunicacionales con sus similares de procedencia mestiza. Los prejuicios van aminorando cada vez que las miradas humanas irrumpen de estratos generacionales recientes. Hay factores que inciden como la preparación académica, el interés de superación profesional, la óptica ecuménica ante las relaciones sociales.

El sentimiento de apropiación de “lo blanco”, tiende a comprimirse. Desde luego que quedan rezagos post-colonialistas de sectores mestizos reaccionarios. Ellos demuestran -por citar un caso- su intransigencia étnica cuando reniegan del poderío económico del “indio” urbano.

Por otra parte, hay que considerar el discurso de un determinado colectivo de la dirigencia indígena que no supera las limitaciones etnocéntricas. Reivindican los postulados indígenas, dando la impresión de su desinterés por la consolidación de una comunidad intercultural.

Cabe aquí la aseveración de Hernán Rodríguez Castelo: “Lo que hace de Otavalo ciudad única y explica sus más agudas peculiaridades es la coexistencia de las dos razas, la india y la mestiza… Y las dos razas han mantenido a través de los tiempos dos lenguas, dos culturas, dos religiones [...], dos ordenamientos jurídicos […]; dos cosmovisiones, en suma”. Otavalo, es en definitiva, según su antiguo nombre: “pueblo que vive de pie”.

Extraído de Diario El Telégrafo, martes 27 de abril de 2010, página 10.

sábado, 10 de abril de 2010

INTROSPECCIONES Y SENTIDOS MÚLTIPLES (*)



La sola existencia del hombre en el espacio terrenal posibilita la interacción de ideas, conceptos, simbolismos, abstracciones, sensaciones que se sumergen como bocanadas en el hecho cotidiano-existencial.

El ser humano tiene la tarea inmanente de decidir por su destino, en la perspectiva de acumular experticias que vayan consolidando identidades propias. Ante el misterio del cosmos, el espíritu y la materia se confabulan en medio de incertidumbres y dudas. No cabe vacilación, que por la irresponsable actitud e inercia humana, la naturaleza se observa unimismada ante su inevitable destrucción. Desde luego, tal descomposición ecológica tiene el sello de una ideología salvaje, la cual exalta el libre mercado, y, por tanto, la paulatina degradación humana y paisajística. Somos en síntesis el resultado de una perversa forma de ir amontonando la chatarra que caracteriza al capitalismo de nuevo tipo (llámese neoliberalismo); ciertamente, en plena etapa de desmonte.

A partir de esa lacerante realidad los poetas-pintores o, pintores-poetas, Vanessa Mosquera y Nelson Villacís, se hallan en la búsqueda de la respuesta pertinente en pro de la consolidación del acertijo creativo. Desde la noche. Desde el sosiego. Desde el silencio. Desde la crueldad y la felonía. En fin, desde la carga inevitable de alegrías momentáneas y desdichas prolongadas, Vanessa y Nelson le apuestan al verso preciso y al trazo iluminado.

Desde el “Sexto Sentido”, Vanessa Mosquera expone más allá de la epidermis, las profundidades de la estética. Con ingenuidad. Con atracción hacia maneras sutiles de pregonar la belleza artística considerando la esfera de lo irreal y lo mágico. Vanessa “le levanta la falda a la luna”, -según la poética de Joaquín Sabina-, desde el pincel, a partir de las horas noctámbulas en donde los cazadores de ilusiones están al acecho de sus víctimas, colgados en los tejados marchitos. O como asevera la propia Vanessa con rasgo literario: “Hay otra vida en la Luna/ Esa que no vemos/ La Luna nos hala hasta su desnudo ropero/ Donde desviste nuestros trapos con sus misterios”.

En sus cuadros se visualizan cuerpos alejados del morbo, los mismos que pugnan por reencontrarse con el principio de la creación mundana. La feminidad emerge amamantando las honduras vernáculas de nuestros orígenes. Un infortunado individuo decide concluir con la falacia vivencial, optando para ello, por el acto suicida, cuyo vértigo impresiona, al igual que nos deja múltiples interrogantes.

Asimismo, las tonalidades que cubren el cielo de cometas aparecen en una metáfora infantil, con la frescura derivada de la ternura de los primeros años. Vitrales, acrílicos, carboncillos, son materiales utilizados, con el visor lúdico e imaginativo.

En tanto, Nelson Villacís nos devuelve la esperanza con sus “Introspecciones”, o sea, con una mirada autocrítica, con una aproximación del yo interno, sin censuras, ni temores. Nelson como buen abogado del diablo se replantea con el velo artístico la incesante construcción identitaria, como esteta de la irreverencia camina consciente de los peligros que conlleva sumergirse en las honduras del mar de los colores. Y, lo hace con profundidad como un filósofo extraño en estos tiempos de modernidad. Se plantea descubrir los misterios del arco iris, a propósito de un misticismo asumido con parsimonia, sabiduría y respeto. Confluye en la concepción de los mandalas, esto es, figuras o diagramas de significados complejos, en donde su interpretación permite acercarnos con los designios de la vida, según el esquema oriental. Por ello, las figuras geométricas no son imposiciones gratuitas, sino el resultado de una solitaria investigación y anhelo particular por compartir los rituales del humanismo.

Nelson, informal a ratos, desinhibido siempre, sostiene una carga crítica a nuestro sistema socio-político, para lo cual aspira la interactuación artista-espectador; en la imprecación del oficio más antiguo de las sociedades y en la simbología de una decadente institución, cuyas sotanas y cruces se encuentran -actualmente ante denuncias de pederastia o pedofilia- en pleno escenario del juzgamiento, reproche y condena mundial.

Pero, también Nelson con aliento esotérico se muestra formal en sus cuadros estilizados y de aplaudida presentación y encuadre. Él es el pintor erótico de la piel femenina, de la carne desmitificada, de las piernas y los senos destrabados de prejuicios feligreses. El arte impregnado en los cuerpos desnudos también tiene su espacio en esta amplia y dilatada exposición, a través de la fotografía.

Con Nelson me une una profunda amistad. Viejo amigo de tertulias. De anécdotas furtivas. De incienso y relicario. De versos al filo de la madrugada. De cartas y lecturas enigmáticas. De bohemia y canción errante. Aquí sus lágrimas derramadas en el papel: “Amargo como el lamento/ Dulce y calmo como el asueto/ Llora por ti mismo/ Y deja en paz a tus muertos”.

He aquí mi punto de vista sobre la apertura de esta muestra pictórica. Espero que el dilecto público asistente no comparta en lo absoluto lo dicho, luego de observar detenidamente la citada propuesta creativa, ya que así lo determinan los designios del arte: cada ser o individuo tiene su propia óptica del universo y de sus alrededores.

(*) Presentación de la exposición conjunta
“Introspecciones” y “Sexto Sentido”
Salas de la Casa de la Cultura-Imbabura
Ibarra, 09-abril-2010

lunes, 5 de abril de 2010

OTAVALO: COBIJA DE TODOS



Las ciudades del Ecuador tienen sus particularidades, sello identitario, costumbres, tradiciones, sentido histórico, dinámica socio-cultural, descripción geográfica, imaginarios colectivos, relación productiva, que marcan sus diferencias, no obstante, del sentido unitario en la composición del Estado-Nación.

Otavalo es uno de los seis cantones de Imbabura. Con más de 110 mil habitantes (según el INEC, con proyección estadística al 2010). Con un fuerte componente interétnico, reflejado en la presencia mayoritaria de indígenas (kichwa otavalos), y, desde luego, de mestizos. En menor grado conviven grupos afro-ecuatorianos, provenientes del hecho migratorio provincial (Intag y Valle del Chota). El intenso movimiento comercial y la labor artesanal son un factor atractivo para la presencia foránea. Otavalo es conocido, además por su encanto natural; sus lagos y montes son la mejor carta de presentación en el ámbito turístico. Por eso, el flujo de visitantes nacionales y extranjeros es un elemento cotidiano en el contexto cantonal; ya sea en la urbe (dos parroquias citadinas), como en la ruralidad (nueve parroquias rurales). En este último sector sobresalen añejas actividades de corte: agrícola y manufacturera.

Otavalo, en el devenir pretérito tuvo sus antecedentes político-administrativos como cacicazgo, asiento, corregimiento, villa y, posteriormente, ciudad; denominación final suscrita por puño y letra del mismísimo libertador Simón Bolívar el 31 de octubre de 1829, por considerarle sitio “…susceptible de adelantamiento”.

Ya en el trajinar contemporáneo, un suceso de connotación para Otavalo fue la declaratoria del Congreso Nacional en el 2003, como Capital Intercultural del Ecuador; por las relaciones interétnicas palpables y, el bagaje policultural asentado en su entorno local. A más de los grupos étnicos descritos, también hay que señalar la coexistencia de europeos, norteamericanos, asiáticos y, sobre todo, latinoamericanos, tras la implantación en nuestro país de la dolarización (2000). No obstante de lo descrito, los signos racistas e intolerantes -aunque sin la fuerza e intransigencia de otrora- no han sido desterrados integralmente de la cotidianidad otavaleña.

Un elemento característico de Otavalo, es la comercialización de artesanías y productos textiles en la conocida Plaza de los Ponchos (Centenario), que data desde la década de los 70 del siglo pasado. En este lugar de difusión mundial laboran más de mil comerciantes y artesanos, los fines de semana. Aunque la conocida feria, ya tiene una regularidad semanal en la venta de sacos, camisas, blusas, pañoletas, bufandas, pantalones, chompas, tapices bordados, alfombras, sombreros de paja toquilla, bolsos, hamacas, bisutería, instrumentos musicales, adornos elaborados por diferentes y variados materiales, provenientes no sólo de la creación local, provincial y nacional, sino, del talento colombiano, peruano, boliviano, etc.
Sin desconocer la relevancia de este rasgo distintivo, la afluencia extrema de mercaderes, ha traído un problema aún intratable: la avalancha de vendedores formales e informales. En el entorno citadino, emerge de los días sábados, la movilidad de más de seis mil comerciantes, convirtiéndose Otavalo -por añadidura- en ciudad-mercado.

Otavalo -según una de sus interpretaciones etimológicas- significa “manta grande que cobija a todos”. Desde este pedazo de serranía ecuatoriana, se desprende un pequeño laboratorio socio-cultural de la realidad ecuatoriana, tal como lo advierte el historiador Enrique Ayala Mora. Otavalo, tampoco, se escapa de sus propias contradicciones e ironías históricas: su parque principal se denomina Simón Bolívar, aunque tiene la efigie del guerrero Rumiñahui; su principal orgullo étnico es la vigencia kichwa-otavalo, sin embargo, en la esfera política, recién en el 2000, se acepta y respalda democráticamente a uno de sus hijos como alcalde: Mario Conejo Maldonado, sociólogo indígena que continúa desde aquel año administrando los “hilos del poder local”, en la tierra de los mindalaes, los brujos milenarios y las deidades andinas.

Otavalo, abril 05 del 2010

Publicado en Diario El Telégrafo, pág.11, 06-abril-2010