sábado, 9 de agosto de 2014

El conjuro de la palabra y el fuego del amor

Pedro Gil asevera que la poesía es una bendición. “La poesía es la más hermosa de las mujeres que, con su caminar elegante, tiene que salir ilesa y bella de los callejones del infierno”, sentencia.
 
Esa bendición que desmitifica la condición del hombre en toda su dimensión. Una especie de confesionario de los sentidos en la brevedad del tiempo. 

La poesía es esa condena a la que está expuesto el versificador, que viene a ser lo mismo que el asesino de las palabras. A través del conjuro de las ideas el creador despliega en el papel el desgarro de las horas siniestras. La composición poética tiende a desnudar los signos de la vida en sus múltiples connotaciones, sin veladuras ni cerrojos, de manera traslúcida y descarnada.

Freddy Peñafiel confiesa que el “hecho poético sabe a ciudad, a ternura y a la búsqueda de las palabras precisas para poder decir lo que no se puede y se debe palabrear, lo sagrado […] El amor, el desamor, las lecturas, la vida vivida, el cine, la música, la magia, los abuelos, las mujeres, la vida, un café, dos, tres, un tabaco, los amigos… la poesía tejiéndose como colcha de pueblo, con retazos de colores, de todos los colores”. La poesía es, entonces, la suma de los colores que se vislumbran en la plenitud del horizonte.

Por su parte, Carmen Váscones afirma: “La poesía es una constancia del abrazo entre la composición y descomposición, entre la destrucción, construcción y reparación, entre la muerte y la vida, entre el cielo y el fuego, entre lo bestial y humano, entre la nada y la palabra. Entre tú y yo”.

El juego macabro de las letras en el blanco papiro se identifica vehementemente con la fogosidad amatoria. Como insiste Gil, la poesía, como el amor, salva. Aunque Euler Granda exprese la antípoda de aquel eterno sentimiento: “El amor/ no es más que el desamor con piel de oveja”.

Y, en el resplandor de los cuerpos desnudos, el lenguaje erótico se desprende con evidente fuerza, como lo inquiere Aleyda Quevedo: “Cuidaré tus pájaros/ pero me niego/ a hacer el amor en la jaula”. O este texto recuperado del fuego carnal: “…Acabo de entender/ qué sencillo es caer/ y regresar a la vida/ Caer en tu astro/ en tus piedras/ desplegar el interior de mi vientre/ y encontrar el reposo/ en esta enredadera de amor”.  

En tanto, Ariruma Kowii, desde la cosmovisión andina, sugiere: “El amor no es solamente/ caricias y besos/ el amor no es solamente/ palabras y promesas/ el amor, el amor/ es sobre todo/ contemplación y silencio/ mucho silencio”.

Ese mutismo que requiere el poeta en el acto íntimo que deviene de la construcción de metáforas, en la jornada introspectiva que sobreviene a través de la reconstrucción de alegorías en el escenario natural, en donde los tótems son testigos milenarios de la perpetuidad literaria.

En el tráfago de nuestra tragicomedia, la poesía se impone más allá de lo tangible, como testimonio de los amaneceres interminables. Aquel cántico vital se multiplica en febrero: mes dedicado a los desdichados de espíritu, a los mercenarios del corazón, a los sobrevivientes de los latidos intensos, a los amantes poseídos de placer y melancolía. Poesía y amor van juntos de la mano derribando muros y haciendo de este mundo un lugar habitable.

Diario El Telégrafo /  23 Feb 2012

El amor: enigma y devastación de la piel ajena

El ser humano abriga en su convivencia la necesaria conjugación de sentimientos y sensaciones, de pasiones y quimeras. Su condición terrenal le permite adentrarse a emociones cotidianas.

El enigma del amor es parte substancial del hombre, desde sus orígenes. Aquel despiadado fenómeno cercano al espíritu nos junta y separa, de manera contradictoria y, a la par, complementaria. Detrás del velo amatorio se configura la ilusión de la pareja y el mito de la eternidad. Con el amor fluye la pasión de los cuerpos ajenos a la muchedumbre y cercanos a la delirante complicidad. En palabras de Octavio Paz: “El amor se presenta, casi siempre, como una ruptura o violación del orden social; es un desafío a las costumbres y a las instituciones de la comunidad. Es una pasión que, al unir a los amantes los separa de la sociedad”.

El amor pugna con el desvarío, desde el cúmulo de los besos atrapados en la memoria de la otredad. Su presencia confronta con la parsimonia de los enamorados. Se hace evidente con el sufrimiento y la huella de la desolación. Es un macabro disfrute de la piel y del instinto extraño. Es el ritual dedicado a la imperfección del ser amado. Es la confirmación del regocijo y el dolor. Es el camino paralelo a la felicidad y a la tragedia.

En términos bíblicos: “El amor es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante. No actúa con bajeza ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El amor disculpa todo; todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta” (1-Corintios 13:4-7).

El amor se perenniza en el corazón de los derrotados. Se impone tras una batalla campal de dos peregrinos. El amor de pareja es una estratagema de lo irreal. Es el cúmulo de los fracasos y de la necesaria reconciliación. Es el abrazo agónico que confronta con el hastío. El amor es la antítesis de la muerte, porque invoca la vitalidad del sujeto amado. Sin embargo, su ruptura provoca desvarío y pesadumbre.

El amor supera la noción elemental del sexo. Va más allá del acto carnal. Es la entelequia del deseo. Es la búsqueda insaciable de la estabilidad emocional. Es el laberinto de las miradas furtivas y de los abrazos fugaces. Es la vida en su dimensión nostálgica.

El amor también tiene rostro nocturno, aliento prohibido, salinidad en la exploración de los cuerpos encendidos, tentación permanente, cadencia en el furor de las caricias inacabadas, fantasía en cada historia que converge con finales de fatalidad, bullicio en la paradoja de la soledad.

Diario El Telégrafo /  16 Feb 2012

Sueños del terruño

En la historia de los pueblos irrumpen, fuera de la oficialidad, hechos cotidianos y sucesos anecdóticos que configuran elementos de identidad social. Desde el imaginario colectivo, la reminiscencia de testimonios pretéritos también contribuye al sentido de pertenencia territorial.

En tal contexto aparece el libro “Sueños soñados” (Colección Tahuando Nº 128-129, CCE-I, Ibarra, 2012), de Marcelo Valdospinos Rubio, maestro normalista y gestor de las manifestaciones del espíritu humano. Oriundo de Otavalo, Valdospinos relata -de manera sencilla- vivencias de la “llacta”, con especial sabor literario y hondo apego al afecto de la tierra que nos cobija en la nacencia.

De sus páginas se desprende una argumentada preocupación y amena descripción por la relación intercultural, festividades costumbristas, recreación de leyendas, activismo institucional, creencia religiosa, rincones patrimoniales, personajes populares, amistades inolvidables, momentos particulares incrustados en el corazón del autor, pese al inevitable tránsito del tiempo. Textos que rehúyen la desmemoria y se acercan a la nostalgia y al desvelo. Todo ello con inconfundibles rasgos poéticos y frases reflexivas que establecen inevitables lecciones de vida.

“Sueños soñados” es un mensaje que fluye desde la provincialidad. En donde se ilustran los bellos paisajes andinos, los maizales pintados de dorado y los lagos característicos de la imbabureñidad. Lo que Valdospinos refiere como la chagritud, que es lo mismo que decir la apasionante relación hombre-lugar natal. Ese mítico apego a los orígenes telúricos.

En la anotada obra se rememora el cálido ambiente barrial y el vecindario de aliento solidario, las casitas de teja y la ensoñación de los primeros amores. Las caminatas por la campiña y el descubrimiento de rutas desconocidas. La temporada veraniega y, con ello, las anheladas vacaciones escolares. Las picardías infantiles. Las inquietudes juveniles. El afán de superación profesional. La vocación por el magisterio. Y el compromiso ciudadano por el desarrollo citadino. Es la quimera entrelazada con la practicidad de los días comunes, en donde emerge el hálito del ayer con la trascendente mirada dirigida al porvenir.

Marcelo Valdospinos Rubio se detiene por un instante en la incesante labor desplegada como presidente del núcleo de la Casa de la Cultura en Imbabura, para esbozar crónicas -en lenguaje periodístico- detenidas en el umbral del recuerdo. Lo hace con oficio de escritor de experimentado cuño. Complementando su condición de vital administrador en el complicado ámbito cultural. Su voz es respetable y respetuosa.

Al autodefinirse como hombre de libros, esboza rasgos autobiográficos que le hacen un permanente guiño a las letras y a la condición solitaria que exige la escritura.

Como sentencia uno de sus pensadores preferidos, Ernesto Sabato: “El escritor […] es un ser integral que actúa con la plenitud de sus facultades emotivas e intelectuales para dar testimonio de la realidad humana, que es inseparablemente emotiva e intelectual”.

Diario El Telégrafo /  10 Feb 2012

El encanto de escribir

Augusto Monterroso cree que escribir es un arte. Por lo tanto, el escritor es un artista, al igual que el trapecista o el luchador por antonomasia. El escritor, de alguna manera, también lucha con el lenguaje, con el laberinto indescifrable de las palabras. Su tarea es la de moldear ideas a partir de la lucidez intelectiva.

Escribir es un acto de fe y de contemplación. El creador se impone la labor de desentrañar los códigos que perviven en la habitualidad del hombre, con un hálito en donde se complementa la confesión y el desvelo. El orfebre de la estética escrita confecciona parábolas provenientes del hecho cotidiano, a través del admirable encanto que provoca la ficción. Es, de alguna manera, un cúmulo de paradojas que se devela desde la realidad de la vida común.

La faena de la escritura compendia la manera auténtica de la flagelación intelectual. Apenas, somos seres mortales que irradiamos virtudes y defectos y, en medio de esa entelequia existencial, la literatura aparece como un hada madrina que permite la liberación de nuestros propios temores y fracasos.

El poeta conmueve con la luminosidad de sus apuntes, irradia luz natural en este mundo de la desmemoria. El poeta predica desde el silencio y las lágrimas, desde la embriaguez de los sentidos y la llaga latente del amor, desde el desequilibrio de la psiquis y el tráfago del desamor, desde el abatimiento de los años perdidos y el resplandor del futuro expectante.

El narrador tiene el prodigio de pregonar secretos. De hilvanar historias entrecruzadas por la vida y la muerte. Disecciona sucesos inverosímiles desde su particular cristal.  Olfatea la existencia de los otros. Altera la cotidianidad. Purga los vericuetos humanos. Es hacedor de relatos inconfesables, para lo cual se apropia de variadas temáticas, corrientes definidas y técnicas literarias.

El escritor es un testigo de su tiempo, que cuestiona a su entorno, desde la imaginación y la rebeldía. Es un ser inconforme con su pasado y con su presente. Es un caminante que va dejando huella de cara al futuro. Es un combatiente incondicional de la creación.

El escritor es un militante irreverente y comprometido con su comunidad. Como lo afirma Ernesto Sabato: “No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí. La tarea del escritor sería la de entrever los valores eternos que están implicados en el drama social y político de su tiempo y lugar”.

El escritor no puede desentenderse del mundo que lo rodea. Por ello, delibera más allá de la inmediatez, independientemente de la subjetividad que otorga el verso y la prosa.

Diario El Telégrafo /  01 Feb 2012

Mudanza de casa, renovación de sueños

Hace poco experimenté una mudanza inevitable. El cambio de vivienda involucra la suma de expectativas y la añoranza de los días transcurridos en la envoltura del tiempo. En la perspectiva de la casa modernizada se suman anhelos de vientos mejores. Detrás de esa acción corriente, se vislumbra el destino familiar; la construcción de afanes positivos plasmados a partir de la evidencia tangible de un techo propio.

El trasteo de los bienes muebles y enseres implica dejar atrás un sinnúmero de hechos y vivencias personales. Con la inmediatez que supone empacar, vamos desprendiéndonos de aquellos objetos guardados en el baúl de las querencias, en el cajón de los afectos. Obsequiamos utensilios repetidos en la estantería. Nos desprendemos de cosas baladíes, que, sin embargo, estuvieron retenidas en el velador de los secreteos nocturnos.

Esa momentánea alteración viviendística define un remozado instante en el núcleo del hogar, en donde se generan crecientes posibilidades de advertir un futuro con hálito de ilusiones conjuntas. Nos llevamos a aquellas paredes recién pintadas, a más de objetos materiales, una mezcla de rastro melancólico y, a la par, de actitud rebosante ante la inminente esperanza en la cimentación de mejores días. 

En aquel traspaso del espacio físico nos convertimos en diseñadores improvisados, en decoradores empíricos de los lugares que frecuentaremos con regularidad, agregando detalles que definirán esa necesaria identidad familiar. Las amistades y conocidos comparten esta minga por readecuar habitaciones, sitios de convivencia cotidiana, rincones de intimidad prolongada.

Particularmente, a la experiencia descrita debemos añadir que también trasladamos bajo el brazo aquellos libros que aguardan silenciosos en repisas variadas. Ese ritual de rescatar el orden bibliográfico devino en la relectura de textos, en la revisión de publicaciones aún sin ser hojeadas, en el reiterado compromiso por consumar la lectura inconclusa de un sinnúmero de obras. En el cuarto en donde alojamos nuestros libros adquiridos, obsequiados, proporcionados en préstamo, también acogemos una buena parte de nuestras vidas; esos fantasmas que se entrecruzan en las actividades frecuentes, entre el absurdo y la quimera.

El hombre se desangra ante su realidad, derrocha ideas para contrarrestar el fracaso. Sin embargo, no se detiene por un momento para visualizar su entorno inmediato, para valorar en alto grado el lugar de posada permanente, para provocar calor en el territorio habitable.

Renuevo mis sueños con los versos de Xavier Oquendo Troncoso: “La casa no avanza entre los dedos,/ se sale de los poros,/ bulle en su propia voz./ Es un tótem que respira./ Se mueve como geisha./ Me vislumbra desde el fondo./ Es un cúmulo de ojos,/ un cíclope gigante que acompaña./ Desprende la resaca de mis miedos./ Me contempla/ como león semidormido./ […] La casa es una ráfaga que grita./ Trato de agarrarle su costura y llora”.

Diario El Telégrafo /  25 Ene 2012

Esencia y fervor de la palabra

Traspasar el velo creativo es un suceso que infunde amor y rebeldía, más aún cuando la especie humana se redime en la huella literaria. Es ahí en donde la descripción y el sello rutilante de los días se trasplantan en aquellos códigos escritos perpetuados en la interminable balada de la vida. El hombre, como sujeto de afectos y desafectos, de corajes y ternuras, de rupturas y quebrantos, de inquietudes y futuros inciertos, se abre paso a partir del ritmo de la palabra refulgente provocando cuestionamientos que coadyuvan a que la fiesta cotidiana sea más digerible, a partir de la contemplación y el ejercicio reflexivo que demandan nuestros actos.

Es la poesía la manera fidedigna de comprender los signos de la humanidad en toda su dimensión. Es en los versos que emanan de la historia anónima en donde irradia la esperanza del juglar de todos los tiempos. Tras del cántico que propugna el escriba quedan impregnadas renovadas interrogantes. En la ocupación poética trasciende un ambiente intimista que prevalece como elemento ineludible en la vocación escrita, cuya legitimidad radica en la prolijidad de los conceptos y en la habilidad por desentrañar las interioridades del ser. Para el efecto, se concentran ideas, imágenes y sensaciones que irrumpen de la monotonía haciéndole un guiño al intelecto innovador.

El poeta es un testigo delirante de su época. Este apasionante oficio le otorga la condición de buscador de utopías. De buceador de realidades. De tallador de sentimientos comunes. De orfebre de anhelos ajenos.

El lenguaje poético desmitifica la naturaleza humana. Desde los confines de la existencia terrenal la poesía prevalece como el último bastión intangible que emana inconmensurable ética por la autenticidad expresiva. Ya nos advierte el mensaje bíblico: “Al principio era el verbo” (Juan, 1:1). La voz lírica tiene su punto de partida y despegue en las líneas temáticas provenientes de la vivencia que nos conmueve y angustia, y de la médula comunicativa que imprime el poeta.

El acto de la escritura tiene como particularidad desprenderse del ropaje rutinario y ocuparse en la construcción paradójica del jolgorio y la pesadumbre, de la felicidad y la desolación, de la placidez y el lamento, extraídos de los resquicios del mundo. Ese apasionante vínculo entre el poeta y su circundante escenario tiene como consecuencia la superación de la inmediatez, con el afán de alcanzar la prolongación del manto poético en la boca de los otros, en los seductores labios de las otras, en el vértigo de los desposeídos, en la mirada atónita de los necesitados, en la complicidad de los ángeles taciturnos, en la perennidad del fenómeno estético. La poesía hace más llevadera la tormentosa condición mundana. En definitiva, intenta humanizar la vida.

Diario El Telégrafo /  18 Ene 2012

Daniel y Nicaragua, de cara al futuro

El Sol se renueva en Nicaragua. Su valiente pueblo le apuesta a la transformación de las estructuras socioeconómicas. La construcción de una comunidad igualitaria continúa en medio del fervor y aliento emancipador. El Frente Sandinista de Liberación Nacional sigue altivo en la edificación de derroteros a partir de principios esenciales: cristianismo, socialismo y solidaridad.

Nicaragua ha ratificado como primer gobernante a Daniel Ortega Saavedra, en un segundo mandato consecutivo. Es el comandante presidente que da continuidad a su gestión gubernamental, la misma que asumió vía electoral en enero de 2007. Desde luego que Ortega tiene un bagaje histórico indiscutible, más aún cuando se rememora el proceso guerrillero que originó la toma del poder político en 1979, bajo su imagen valerosa y combativa.

En los vientos actuales, el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional, liderado por Ortega, con una profusa convicción democrática, asume grandes retos, de cara a disminuir las asimetrías sociales. Por ello, ha tenido constante preocupación por la continuidad de programas de asistencia y desarrollo social. Tal trabajo se ha enfocado en áreas pilares del progreso de una nación: educación, salud, productividad, agricultura, ganadería, vialidad, inversión energética. En el plano integracionista, Nicaragua tiene una directa relación con la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (ALBA), desde el respeto soberano y la consolidación de la hermandad continental. En esta nueva etapa gubernativa, en Nicaragua se advierte un sumo interés por consolidar plazas de trabajo, que favorezcan a los segmentos poblacionales que sobreviven en el desempleo.

La revolución sandinista tiene afanes altruistas encaminados a dignificar la vida de las mujeres y de los hombres nicaragüenses. Esta revolución, que se nutre de las entrañas populares, precisamente, busca el equilibrio y paz social, para lo cual se invoca a la fraternidad. Aquel afán revolucionario está impregnado en el espíritu de los trabajadores, intelectuales, profesionales, amas de casa, campesinos, y en la incansable juventud de carácter proactivo y rebelde.

Daniel Ortega tiene desafíos puntuales. Por ejemplo, combatir sin tregua al narcotráfico y al crimen organizado, lacras derivadas del sistema capitalista.

En Nicaragua el horizonte se observa esperanzador, ya que se ratifica la heredad de Sandino, y, con ello, el lúcido pensamiento y labor de esos próceres que antecedieron el mensaje anhelante de unidad latinoamericana. ¡Que viva Daniel-pueblo! ¡Que viva Nicaragua libre!

Diario El Telégrafo /  11 Ene 2012