Augusto Monterroso cree que escribir es un arte. Por lo tanto, el
escritor es un artista, al igual que el trapecista o el luchador por
antonomasia. El escritor, de alguna manera, también lucha con el
lenguaje, con el laberinto indescifrable de las palabras. Su tarea es la
de moldear ideas a partir de la lucidez intelectiva.
Escribir es un acto de fe y de contemplación. El creador se impone la
labor de desentrañar los códigos que perviven en la habitualidad del
hombre, con un hálito en donde se complementa la confesión y el desvelo.
El orfebre de la estética escrita confecciona parábolas provenientes
del hecho cotidiano, a través del admirable encanto que provoca la
ficción. Es, de alguna manera, un cúmulo de paradojas que se devela
desde la realidad de la vida común.
La faena de la escritura compendia la manera auténtica de la
flagelación intelectual. Apenas, somos seres mortales que irradiamos
virtudes y defectos y, en medio de esa entelequia existencial, la
literatura aparece como un hada madrina que permite la liberación de
nuestros propios temores y fracasos.
El poeta conmueve con la luminosidad de sus apuntes, irradia luz
natural en este mundo de la desmemoria. El poeta predica desde el
silencio y las lágrimas, desde la embriaguez de los sentidos y la llaga
latente del amor, desde el desequilibrio de la psiquis y el tráfago del
desamor, desde el abatimiento de los años perdidos y el resplandor del
futuro expectante.
El narrador tiene el prodigio de pregonar secretos. De hilvanar
historias entrecruzadas por la vida y la muerte. Disecciona sucesos
inverosímiles desde su particular cristal. Olfatea la existencia de los
otros. Altera la cotidianidad. Purga los vericuetos humanos. Es hacedor
de relatos inconfesables, para lo cual se apropia de variadas
temáticas, corrientes definidas y técnicas literarias.
El escritor es un testigo de su tiempo, que cuestiona a su entorno,
desde la imaginación y la rebeldía. Es un ser inconforme con su pasado y
con su presente. Es un caminante que va dejando huella de cara al
futuro. Es un combatiente incondicional de la creación.
El escritor es un militante irreverente y comprometido con su
comunidad. Como lo afirma Ernesto Sabato: “No hay otra manera de
alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de
llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el
hoy y aquí. La tarea del escritor sería la de entrever los valores
eternos que están implicados en el drama social y político de su tiempo y
lugar”.
El escritor no puede desentenderse del mundo que lo rodea. Por ello,
delibera más allá de la inmediatez, independientemente de la
subjetividad que otorga el verso y la prosa.
Diario El Telégrafo / 01 Feb 2012
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